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Las nuevas funciones de los partidos

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Las nuevas funciones de los partidos

Por Enrique Zuleta Puceiro

  Sin que nadie alcanzara a preverlo y como respondiendo a una secreta lógica evolutiva, el sistema de partidos políticos en la Argentina ha entrado en un estado de ebullición. Hasta no hace mucho, el de los partidos parecía un capítulo casi cerrado en la agenda institucional del país. En cualquier capital de provincia, los comités centrales o casas partidarias estaban desde hace mucho tiempo cerradas. Algo no muy diferente del escenario deprimido y deprimente de los comités y sedes nacionales de los grandes partidos nacionales.   Su emergencia periódica, en ocasión de cada consulta electoral, no tenía otro propósito que el de aprovechar los generosos subsidios generados a partir de sucesivas reformas electorales o cumplir con el ritual  de ficciones y presunciones previsto en las sucesivas reformas del Código Electoral. Si bien existen en el país 44 partidos con personería política nacional y cerca de setecientos partidos de distrito, en la realidad de los hechos poco quedaba ya de los partidos tal como los concebía la teoría y la practica de la democracia republicana. Reconocidos e insertados casi a presión en la Constitución de 1994, los partidos se habían incorporado muy a destiempo a la institucionalidad democrática, después de una larga vida al margen de la Constitución. Mas de ocho de cada diez ciudadanos se sienten hoy independientes de cualquier tipo de compromiso permanente. Nada que no se pudiera prever, en un país en el que los padres fundadores de 1853, siguiendo a padres de la Constitución de Filadelfia habían negado a los partidos todo estatus constitucional, por las mismas razones que excluyeron a la propia democracia misma, entre otras muchas instituciones esenciales de la democracia abierta, aunque vistas con suspicacia desde una visión censitaria de la representación política. Si bien por razones elementales de corrección política nadie se atrevía a cuestionar la idea de que los partidos constituyen un presupuesto esencial de la democracia, nadie parecía seriamente interesado en otorgar a los partidos un papel que fuera más allá del nivel de instrumentos focalizados en algunas funciones reconocidas como básicas. En esto coincidían desde los grandes liderazgos personalistas hasta los populismos de masas o las modestas expresiones de la república deliberativa. La virtual ausencia de una literatura nacional sobre partidos acredita suficientemente esta laguna importante en nuestro desarrollo institucional. Hasta el momento de su reconocimiento constitucional efectivo en 1994, existía un consenso social en torno al reconocimiento de ciertas funciones básicas: la integración y movilización política de ciudadanía, la canalización de demandas sociales, la agregación de intereses y su conversión en políticas públicas y, sobre todo,  el reclutamiento , capacitación y promoción de dirigentes. Funciones todas sin duda esenciales para cualquier idea normativa de la democracia, aunque casi ausentes en la práctica efectiva de democracias inacabadas, oscilando siempre entre los extremos de un ciclo pendular de ascenso y descenso en la consideración publica, muy poco propicio para a la consolidación del sistema.  Las funciones de los partidos derivaron así desde un extremo inicial basado en la idea clásica de la representación popular hasta el extremo opuesto de su consideración pragmática como herramientas meramente procedimentales limitadas en sus funciones a la lucha electoral. Los partidos fueron poco a poco dejando asi de ser instituciones de la sociedad para convertirse más bien en aparatos del Estado. El reconocimiento de 1994 marcó el final de esa parábola descendente no solo en el reconocimiento y la valoración sino sobre todo en sus funciones más propias y específicas. La máxima aceptación y reconocimiento en el papel coincidió puntualmente con su eclipse en la consideración pública.  Sin embargo, las elecciones intermedias de 2021 serán acaso recordadas en el futuro como las elecciones en las que el sistema de partidos dejó de representar principios, ideas organizativas, bases de acción política y esquemas de representación de la voluntad popular y pasó a desempeñar de un modo ya franco y desembozado funciones netamente procedimentales, como herramienta de la competencia política y la lucha por el poder.  La presentación de listas y posterior definición de candidaturas  marcaron un punto de eclosión del sistema de partidos. A los centenares de partidos nacionales y de distrito se sumaron centenares de alianzas y partidos en formación: Siglas y nombres de fantasía, sellos de goma construidos para la ocasión pasaron a alternarse con los restos fragmentados de los grandes partidos históricos. Por debajo de las siglas nacidas de la polarización entre gobierno y oposición, pasaron a expresarse decenas de partidos nuevos y viejos, expresando asi la contra cara que la micropolítica ofrece de la micropolítica de las grandes coaliciones. En las grandes provincias el fenómeno de la fragmentación y aparición de nuevos partidos es sorprendente y el fenómeno se multiplica aun en provincias durante mucho tiempo bipartidistas. La existencia de luchas internas , al interior de cada alianza multiplica aún más la fragmentación. Surge así una nueva agenda de análisis y valoración de las funciones de los partidos. Por un lado, la polarización en muchos sentidos artificial inducida desde la macro – política y sus estrategias de polarización. Por otro, la polarización y fragmentación extrema de la micropolítica. La primera cuestión que se plantea es la de como compatibilizar esta ampliación de la función expresiva de los partidos con la férrea disciplina que exigen las convergencias que hagan posible la función gubernativa. Se sabe bien como ganar elecciones, pero ¿se sabrá luego como articular, consensuar y compartir funciones de extrema complejidad como las que impone la tarea de gobierno? Tal vez sea este dilema el que explica por qué el oficialismo, a la defensiva y consciente que las elecciones pos Covid-19 han resultado adversas a todos los gobiernos,  decidió priorizar a toda costa su unidad. Donde pudo, rehusó acudir al expediente de las PASO. Sacrificó candidatos y no dejó esfuerzo por hacer para incorporar a todos los sectores que integran la coalición. La oposición jugó, en cambio, todas sus cartas a favor de la fragmentación. Menos presionada por las responsabilidades de gobierno, adoptó una estrategia de inclusión de independientes y desarrolló todas sus posibilidades de crecimiento. Investigó perfiles, exploró inclusiones, arriesgó incorporaciones y puso freno a la apetencia de sectores tradicionales acostumbrados a anteponer su lugar en las listas a cualquier otra consideración.   El sistema de partidos parecería asi haber alcanzado su máxima cota de fragmentación y diversificación. Frente a las ventajas del fortalecimiento de la unidad interna, ha optado por adaptarse a la presión social, que impone mayor diversidad expresiva,  inmediación y proximidad de los dirigentes y, sobre todo, apertura a las nuevas agendas públicas, unos reflejos que la política había perdido hace mucho tiempo.

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